Sudada.
Hace diez minutos, veinte tal vez, lloraba de regreso a casa en un taxi que paré en la entrada del Casino de Barcelona. Sí, allí en el hotel Arts, delante del mar. Joder, la parada del Arts siempre está abarrotada!
Hace unos cinco minutos, delante de mi portal, lloraba desconsoladamente arrimado al hombro de un buen hombre y taxista llamado Manuel:
-Manuel, lo siento, pero no voy a poder pagarte el viaje -le digo.
-No me joda... ¿qué? ¿se lo ha fundido todo en la ruleta? -ha respondido con tranquilidad.
-No, en las máquinas de póquer. Ocho horas sentado en un puto taburete aterciopelado -ahora mismo, el culo me duelo un huevo-. Ocho horas delante de una puta y triste pantalla de ordenador, flasheado por unos arrítmicos sonidos y una lluvia de lucecitas intermitentes. -Me seco el caminito de media lágrima en mi mejilla-. Lo siento Manuel, soy un desgracido. No voy a poder...
-Sí, chaval. Sí que vas a pagarme... -me contesta, pasando ya del usted y mirando con asentimiento su entrepierna.
...glups! (no pienses, calla y traga. Ahora, la máquina tragaperras soy yo, solo que será este cabrón el que suelte un jackpot un poco espeso.)
Buena que pasa... ¿nunca habéis hecho una mamadita a una asquerosa polla sudada a cambio de un buen viaje? Yo sí. Soy Gustavo Pipón, vivo en Barcelona, donde también nací, y -joder- me encanta.
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